Andreea estaba junto a la ventana, contemplando el día gris de febrero.

Andreea sintió cómo su corazón se aceleraba al ver al pequeño Ionuț.

El bebé dormía, con sus diminutas pestañas temblando suavemente sobre sus mejillas pálidas.

Sus manitas, no más grandes que el pulgar de Alex, estaban apretadas en puños, como preparándose para enfrentar un mundo que no lo quería.

—Pueden sostenerlo en brazos —dijo la señora Nicoleta, con una expresión de ternura en los ojos.

Sin esperar la reacción de Alex, Andreea extendió los brazos y recibió aquel paquetito.

Era tan ligero, mucho más pequeño que su propia Sofía.

Un oleada de instinto maternal la invadió al instante.

—Es tan chiquitito —susurró, sintiendo que las lágrimas le punzaban los ojos—.

¿Cómo puede alguien abandonar a un angelito así?

Alex permanecía rígido a su lado, mirando al niño con una expresión complicada: mezcla de miedo, preocupación y, pese a sus esfuerzos por mantenerse distante, un rastro de ternura.

—¿Quién es su madre? ¿Qué le ha pasado? —preguntó al fin, con la voz más suave que antes.

La señora Nicoleta suspiró.

—Una chica muy joven.

Dijo que no podía hacerse cargo de él y firmó los papeles de abandono justo después del parto.

Ni siquiera lo sostuvo en brazos.

En ese momento, Ionuț abrió los ojos: dos ojos azules, profundos y sorprendentemente sabios para un bebé tan pequeño.

Miró directamente a Andreea y luego a Alex.

No lloraba.

Solo observaba, como evaluando a esos completos extraños que lo contemplaban con tanta intensidad.

—¿Tiene problemas de salud? —preguntó Alex, y Andreea sintió un escalofrío de esperanza en su voz.

Eso significaba que no descartaba la idea por completo.

—No, está perfectamente sano —respondió la enfermera—.

Solo tuvo un comienzo difícil en la vida.

Saben, los niños perciben si son amados o no.

Él aún no ha experimentado eso.

Andreea devolvió la mirada a Alex, sin palabras, pero con una súplica evidente en los ojos.

Él pasó nervioso la mano por el cabello y, titubeante, extendió un dedo hacia la mano del bebé.

Ionuț, con sorprendente fuerza para su tamaño, asió el dedo de Alex.

Se instaló un momento de silencio entre ellos.

Andreea vio cómo la expresión de su esposo cambiaba lentamente, cómo empezaban a resquebrajarse sus barreras.

—¿En qué consiste el proceso? —preguntó Alex al fin, sin retirar el dedo de la delicada mano del niño—.

¿Cuáles son los pasos legales?

La señora Nicoleta sonrió, como si siempre hubiera sabido cuál sería el desenlace de aquel encuentro.

—Es un camino largo —explicó—.

Primero deben presentar una solicitud en el Departamento de Protección del Menor.

Seguirán evaluaciones, visitas domiciliarias, formación.

Pero no es imposible.

Alex y Andreea se miraron largamente.

Entre ellos se entabló una conversación muda.

En los ojos de Alex aún había dudas, pero también una resignación suave.

En los de Andreea se leían esperanza y determinación.

—Hablemos de esto en casa —dijo él finalmente—.

Con los pies en la tierra y una lista de todo lo que implicaría.

Para Andreea, aquella fue la respuesta más cercana a un «sí» que podía esperar en ese momento.

Ionuț empezó a moverse en sus brazos, emitiendo pequeños sonidos que anunciaban un posible llanto.

—Tengo que darle de comer —dijo la señora Nicoleta, extendiendo los brazos para tomar al bebé.

Con evidente hesitación, Andreea entregó al niño.

La sensación de pérdida fue inmediata y profunda, como si una parte de ella hubiera sido arrancada.

El camino de regreso a su sala fue silencioso.

Victoria la esperaba, meciendo a la serena Sofía dormida.

—¿Y bien? —preguntó en susurros, escrutando sus rostros.

—Hablaremos —respondió Alex, y Andreea sintió una ola de gratitud por aquel pequeño compromiso—.

Eso no promete nada, pero… hablaremos.

Y Andreea supo, en lo más profundo de su ser, que sus vidas acababan de tomar un giro inesperado, pero tal vez era justo el que necesitaban.

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