Julia salió tambaleándose de la habitación oscura, con el cuerpo dolorido y la cara marcada por los golpes.
Con apenas 20 años, la vida ya le había dado más golpes de los que jamás había pedido.

Desde que se fue de casa tras discutir con su padre, todo había ido de mal en peor.
—Si cruzas esa puerta, para mí estarás muerta —le dijo su padre el día que decidió marcharse.
Julia, cegada por su orgullo y sus ganas de libertad, nunca imaginó que esas serían las últimas palabras que escucharía de él.
El frío aquella noche era insoportable. Sus manos temblaban mientras se ajustaba el abrigo alrededor del cuerpo.
Las calles estaban desiertas y no había ni rastro de un cliente que pudiera salvarla de la ira de Iván.
Con cada paso, sus piernas se volvían más débiles, como si el mundo se cerrara a su alrededor.
Finalmente, se apoyó contra una pared, incapaz de seguir adelante.
El viento helado le cortaba la piel, y las lágrimas que resbalaban por sus mejillas se congelaban antes de llegar a la barbilla.
Todo en ella estaba roto: su cuerpo, su alma, su dignidad.
Pero el miedo a regresar con las manos vacías era más fuerte que el frío o la tristeza.
—Si no me traes el dinero esta noche, te juro que te partiré un brazo para que aprendas a esforzarte —le advirtió Iván antes de empujarla hacia la calle.
Julia cerró los ojos, luchando contra el sueño que el frío le imponía.
Sus rodillas flaquearon y estuvo a punto de caer cuando sintió que alguien la sujetaba con fuerza.
—¿Julia? —Una voz profunda y conocida resonó en sus oídos. Abrió los ojos con dificultad y lo vio. Era su padre.
—Papá… —susurró, con la voz rota por un llanto que no podía contener.
—Te he estado buscando, hija. Es hora de que regreses a casa —le dijo con una calidez que ella no sentía desde hacía mucho tiempo.
Julia negó con la cabeza, aterrada. —No puedo. Si me voy, Iván… él ha dicho que matará a mi familia si desaparezco.
El padre le sostuvo suavemente el rostro, mirándola con la determinación que tenía cuando arreglaba todo lo roto en casa.
—No te preocupes por eso, hija. Dime dónde vive ese hombre, y luego vuelve a casa. Yo me encargaré de todo.
Ella vaciló un momento, pero finalmente le susurró la dirección y se derrumbó en sus brazos.
Cuando Julia llegó a casa, su madre la recibió con un abrazo desesperado, llorando como si hubiese presenciado un milagro.
—¡Julia! ¡Mi niña! Te he echado tanto de menos… —La apretó con fuerza, como temiendo perderla otra vez.
Julia, agotada y todavía temblando, murmuró: —He vuelto gracias a papá. Él vino a buscarme.
Su madre se apartó lentamente, con el rostro lleno de confusión. —¿Tu padre? Julia, ¿de qué hablas?
—Él me encontró esta noche. Me abrazó, me dijo que me estaba buscando… —La voz de Julia se apagó al ver la expresión de su madre.
—Hija… tu padre murió hace un año. Lo enterramos en el cementerio del pueblo.
Julia sintió un nudo en el pecho. —No… no puede ser. Él estuvo conmigo… me trajo de vuelta.
Antes de que su madre pudiera responder, el sonido de la radio interrumpió el momento. La voz del locutor anunció con tono serio:
—Última hora: esta noche ha sido encontrado el cuerpo de un hombre conocido como Iván Rodríguez en su residencia.
Según fuentes, sufrió un aparente ataque, que las autoridades están investigando. Se sabe que estaba vinculado a actividades ilícitas.
Julia dejó caer la taza que tenía en las manos. Sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en la mesa para no caer.
Su madre la miró preocupada. —¿Qué pasa?
—Él dijo que se encargaría… —susurró Julia, recordando las palabras de su padre.
Entonces lo comprendió. Aunque en vida hubieran estado distanciados, su padre la protegió incluso después de la muerte.
Julia salió al jardín y miró al cielo, donde las estrellas brillaban con fuerza.
—Gracias, papá —murmuró, mientras una suave brisa acariciaba su rostro, llenándola de una paz que no había sentido en años.



