—¡Buenos días, señor! —saludó con amabilidad.
El conductor, un empresario, lo observó con desdén.

Mario siguió:
—Mi esposa y yo confeccionamos ropa, y tengo camisas de buena calidad a precios accesibles.
El hombre vio la lista de precios del pequeño puesto y contestó con desprecio:
—¿Eso es lo que cobran? —dijo con desdén—. No, gracias. Yo solo uso prendas de lujo.
Mi piel es delicada y solo visto marcas reconocidas. Prefiero morir antes que pagar tan poco por algo que llevo puesto. ¡Váyase!
Mario bajó la vista, pero mantuvo la calma.
—Como guste, señor. Que tenga un buen día.
Regresó a su puesto, triste pero sin perder la sonrisa.
Pasaron unas semanas.
Andrés, el hombre de negocios, se dirigía a una reunión crucial.
Se jugaba su puesto en la empresa.
Vestía su mejor traje y una camisa blanca importada.
El tráfico, como siempre en esa avenida, era terrible y llevaba poco tiempo.
Mientras manejaba, tomó un sorbo de café.
Al pasar un bache, el vaso se movió y el líquido cayó sobre su pecho, dejando una mancha grande.
Furioso golpeó el volante.
Miró el reloj; no podía volver a casa ni salir del tráfico.
Entonces, a su derecha vio el toldo.
Las camisas colgadas en perchas y al vendedor que había despreciado días atrás.
Allí, en la esquina, atendiendo a una señora mayor.
Sin más opciones, bajó del auto y fue directo al puesto.
—¡Señor! —dijo— Necesito una camisa blanca. Tuve un accidente. Es urgente. Por favor, deme una rápido.
Mario lo reconoció al instante.
Ya no llevaba gafas oscuras ni mostraba arrogancia; solo veía a un hombre desesperado.
—Ah… usted es el que dice que la ropa buena debe ser cara —dijo Mario, sin ironía, pero firme—.
El que prefiere morir antes que pagar poco.
Andrés tragó saliva y evitó mirarlo.
—Solo necesito la camisa —replicó.
Miró el precio y sacó el dinero, pero Mario no lo aceptó.
—Le recuerdo que usted dijo que lo que usa debe costar caro, así que esta vez le cobraré el triple.
—¿El triple? ¿Por una camisa sin marca?
Mario respiró profundo.
Le mostró una camisa blanca, limpia, con una etiqueta hecha a mano: M&M Confecciones.
Andrés apretó los dientes, parecía que iba a discutir, pero no tenía tiempo ni opción.
Sacó el dinero y se lo entregó.
—Hecho. ¿Satisfecho?
—No es eso —contestó Mario—, pero gracias por la compra. Le aseguro que no se arrepentirá.
Andrés se puso la camisa en el auto, arrancó con prisa y se fue a la empresa.
Esa mañana llegó justo a tiempo, tuvo un buen día, y la camisa que inicialmente menospreció le duró mucho más de lo que quiso admitir.
RECUERDA:
Ninguna etiqueta es más valiosa que el esfuerzo.
No hay prenda más honorable que la hecha con las manos de quien lucha día a día sin dañar a nadie.
Respeta a todos en la vida:
Al que vende en la calle.
Al que trabaja con sus manos.
Al que te sonríe sin conocerte.
Porque el respeto no cuesta nada, pero dice mucho sobre quién eres.
Y nunca olvides esto:
El mundo da vueltas.
Y algún día, podrías estar en el lugar de aquel a quien ahora miras por encima.



