—¿Ah, no? —Él golpeó la mesa con el puño, haciendo saltar el plato de lentejas—.
Pues a mí me parece que lo haces a propósito.

Como si te sobrara el tiempo para joderme.
Ella, encorvada, se apresuró a recoger los trozos del plato roto.
Las manos le temblaban tanto que dejó caer uno.
—¡Mira eso! —Julián se levantó de golpe—.
Ni eso puedes hacer.
Ni cocinar, ni limpiar, ni calentar la cama como Dios manda.
¿Para qué coño estás aquí?
—Intento hacerlo bien, de verdad…
—¿Intentas? ¿Y eso me da de comer? ¿Eso me devuelve las horas que pierdo en el almacén, partiéndome el lomo mientras tú te quedas en casa a calentar el sofá?
Clara tenía la boca seca.
No recordaba la última vez que se había sentido tranquila en su propia casa.
Desde que Julián había perdido su trabajo en la fábrica y empezó a beber, el infierno había entrado por la puerta y se había sentado en el salón.
—Si quieres, puedo ir a buscar algo.
Alguien necesita una señora para limpiar, lo dijo la del tercero…
—¿Limpiar tú? ¿Con qué cara te van a contratar? ¡Tienes pinta de mendiga! —La agarró de la muñeca con fuerza—.
No vas a salir de aquí a dar pena, ¿me oyes? ¿O también quieres dejarme como un cornudo?
Clara se encogió, mordiéndose la lengua para no llorar.
Julián, con sus palabras torcidas, siempre encontraba forma de escupir veneno.
—Tú no tienes familia —le susurró al oído—.
Nadie te espera, nadie te echaría de menos.
Y si un día desapareces, solo será un bulto menos que alimentar.
Él la empujó contra la pared.
No con la fuerza de una bofetada, sino con la saña de quien quiere romper algo por dentro.
Clara cayó sentada en el suelo, las costillas protestando.
Julián resopló.
Dio media vuelta y se fue al sofá, mascullando palabras.
En la televisión, alguien gritaba en un concurso.
Clara no entendía qué decían, solo escuchaba un zumbido creciente, algo como un pitido lejano… y otro sonido, más denso, más oscuro.
Como un murmullo que le salía de dentro.
Aquella noche no cenaron.
Julián se quedó dormido con una botella entre las piernas.
Clara fue al baño, cerró la puerta con pestillo y miró su reflejo.
Tenía el labio hinchado, la mirada perdida.
Algo había muerto en ella hacía tiempo, pero aún no se decidía a enterrarlo.
Entonces lo oyó.
Un golpe seco.
Luego otro.
En la cocina.
Se asomó desde el pasillo.
El televisor seguía encendido, pero Julián ya no estaba en el sofá.
En su lugar había una mancha oscura que se extendía lentamente sobre el tapizado.
Y algo más.
Una figura.
Flaca, alta, con los brazos demasiado largos.
De su cabeza colgaba una capucha negra que no dejaba ver el rostro, solo una boca con dientes que se curvaban hacia dentro, como si quisieran devorarlo todo.
—¿Julián? —susurró Clara, aunque sabía que no era él.
—No te preocupes —dijo la figura, con una voz que sonaba a tierra removida—.
—¿Qué… qué eres tú?
—Lo que él pedía cada vez que deseaba hacerte desaparecer.
Lo que tú pedías cuando mirabas el cuchillo de la cocina y dudabas.
Lo que ha crecido en esta casa con el hambre, la rabia y el miedo.
La figura se acercó.
En el suelo, una estela de escarcha se extendía bajo sus pasos.
—¿Has venido a por mí?
—He venido por lo que queda.
Por lo que nunca fue tuyo pero te obligaron a cargar.
El dolor se cobra.
Y esta casa ha acumulado una deuda muy grande.
Entonces, de las paredes empezaron a salir más figuras.
Mujeres sin rostro, con marcas en el cuerpo.
Algunas llevaban la boca cosida.
Otras tenían los brazos fracturados en ángulos imposibles.
Todas se arrastraban hacia el sofá.
Julián estaba allí, temblando, con los ojos abiertos como platos, mudo de terror.
—Clara… —susurró—.
Haz algo… por favor…
Pero ella no se movió.
—¿Quieres que lo perdonemos? —preguntó la figura alta—.
Aún estás a tiempo.
Clara cerró los ojos.
Sintió las costillas doloridas, el sabor metálico en la boca.
Pensó en las veces que deseó morirse para escapar.
Y cuando abrió los ojos, ya no tenía miedo.
—No —dijo—.
No quiero que lo perdones.
Quiero que no vuelva a haber otro Julián.
La figura asintió.
Con un solo gesto, las sombras se fundieron sobre el cuerpo del hombre.
No se oyeron gritos, solo un crujido seco, como si algo se quebrara más allá de los huesos.
Cuando el silencio volvió, la casa estaba vacía.
—
Clara despertó al día siguiente en su cama, sin marcas, sin sangre.
Todo estaba limpio.
Demasiado limpio.
Como si la casa hubiera sido purgada por dentro.
Abrió la puerta.
El mundo seguía ahí.
La vecina barría el portal, los niños gritaban en el patio.
Pero Julián no volvió.
Nadie lo volvió a ver.
Algunos dijeron que se fue.
Otros, que estaba loco y terminó en el río.
Solo Clara sabía la verdad.
Y cada vez que pasaba por el viejo espejo del salón, veía, por un segundo, su propio reflejo sonriéndole con una boca que no era la suya.
∞ FIN ∞
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