“Ella ya no tiene mucho tiempo.”
La voz del médico sonó baja, pero lo suficientemente clara en aquella habitación de hospital helada.

“Si el hígado sigue deteriorándose así… como máximo, le quedan tres días.”
Tres días.
Mariana permanecía inmóvil sobre la cama de un hospital en Monterrey.
Su cuerpo le dolía tanto que incluso respirar se sentía como si alguien le clavara un cuchillo en el pecho.
Los tubos conectados a sus brazos, el sonido constante del monitor cardíaco y el fuerte olor a desinfectante llenaban toda la habitación.
Quería abrir los ojos.
Quería decir que seguía despierta.
Pero sus párpados pesaban demasiado.
Todo su cuerpo parecía hundido en el fondo del agua.
Entonces escuchó otra voz.
La voz más conocida de toda su vida.
“Gracias, doctor.”
“Entiendo.”
Era Esteban.
Su esposo.
El hombre que había estado a su lado durante doce años.
El mismo que una vez se arrodilló bajo la lluvia frente a la casa de sus padres en Guadalajara para pedirle matrimonio.
El mismo que le tomó la mano el día de la boda y le juró que, en la riqueza o en la pobreza, en la salud o en la enfermedad, jamás la abandonaría.
Mariana intentó sonreír en medio de su desesperación.
Al menos… él seguía allí.
La puerta se cerró suavemente.
Escuchó unos pasos acercándose a la cama.
El aroma de un perfume conocido llenó el aire.
Esteban se sentó a su lado.
Dejó sobre la mesa un ramo de lirios blancos.
Las flores que ella más odiaba.
Durante doce años de matrimonio, Mariana nunca había soportado los lirios.
Era alérgica a su aroma.
Pero Esteban nunca lo recordaba.
O tal vez… nunca le importó.
“Mariana…” susurró él, con una voz tan dulce que cualquiera habría pensado que se trataba de un esposo destrozado por la idea de perder a su mujer.
Le tomó la mano.
Le acarició suavemente la muñeca.
Luego se inclinó hasta acercarse a su oído.
Y habló con una frialdad que hizo que la sangre de Mariana se congelara.
“Por fin… la mansión en San Pedro… las cuentas en Cancún… la cadena de restaurantes… todo será mío.”
Mariana quiso abrir los ojos de golpe.
Quiso gritar.
Quiso preguntarle qué acababa de decir.
Pero su cuerpo seguía inmóvil, como si ya estuviera muerta.
Esteban soltó una pequeña risa.
“Doce años, Mariana.”
“De verdad fuiste demasiado ingenua.”
“¿Creíste que te amaba?”
El corazón de Mariana pareció romperse dentro de su pecho.
“Desde el principio, solo quería tu dinero.”
“Tu familia.”
“La empresa tequilera de tu padre.”
“Si no fueras la única hija de ese hombre, ¿de verdad crees que habría tenido algún motivo para casarme contigo?”
Una lágrima resbaló lentamente por la sien de Mariana.
Pero Esteban no la vio.
Siguió hablando.
“Por suerte, ya te vas a morir.”
“Si no, todavía tendría que seguir fingiendo unos años más.”
De pronto, en el pasillo se escucharon pasos de una enfermera acercándose.
En un segundo, Esteban cambió por completo.
Apretó la mano de Mariana, bajó la cabeza y dejó temblar la voz como si estuviera a punto de llorar.
“Por favor, sálvenla… se lo suplico… mi esposa es todo para mí…”
La puerta se abrió.
Todos miraron a Esteban con compasión.
El esposo perfecto.
El hombre que parecía amar a su mujer por encima de todo.
Nadie sabía que, apenas unos segundos antes, ese mismo hombre había susurrado sobre las propiedades de su esposa como si estuviera enumerando un botín.
La puerta volvió a cerrarse.
La habitación quedó en silencio.
Mariana permaneció allí, inmóvil, mirando el techo borroso a través de las lágrimas.
Tres días.
Todos creían que solo le quedaban tres días de vida.
Esteban pensaba que solo tenía que esperar tres días más para quedarse con todo.
Pero había algo que él no sabía.
Mariana todavía no estaba lista para morir.
Y lo primero que quería hacer antes de cerrar los ojos para siempre…
Era destruir todo aquello con lo que él soñaba.



